El nueve de noviembre se cumplen 20 años de la caída del muro de Berlín, y han sido muchos los actos de conmemoración que se han organizado. Yo tan sólo tenía trece años, y la verdad es que no guardo un recuerdo nítido de lo sucedido. Recuerdo imágenes de Televisión Española mostrando a gente golpeando el muro, derribándolo, y gente en la calle festejando. A pesar de mi corta edad, y de no ser consciente de lo sucedido, sabía que algo importante estaba pasando, y observaba la televisión hipnotizado, sentado en la galería de mi casa, frente a una televisión Sanyo, cerca de la estufa de leña, sabiendo que estaba contemplando un momento histórico. Como más tarde me sucedería con el asesinato de Miguel Ángel Blanco, o los atentados de las torres gemelas o los del once de marzo en Madrid. Seguro que todos recordamos donde estábamos en esos días, y que hacíamos. Son momentos donde recordamos todos los detalles de nuestro entorno, y quedan grabados en nuestra mente, como un tatuaje queda pegado a nuestra piel durante el resto de nuestra vida.
La pasada semana, viendo el telediario de Iñaki Gabilondo, descubrí un detalle sobre la caída del muro que no conocía. Fue tan sólo una anécdota, un detalle en una rueda de prensa. Un detalle, que para algunos, incluso para la actual Canciller Angela Merkel, pasó inadvertido. Eran las seis de la tarde, y el Secretario General del partido comunista de Berlín, y responsable de comunicación, daba una rueda de prensa tras la reunión del politbüro. Su nombre era Günter Schabowski. Debido a la grave crisis que la Republica Democrática Alemana (RDA) atravesaba, la rueda de prensa se retransmitía en directo, cosa poco habitual para el régimen. Durante aquellas semanas, el paso de habitantes de la RDA hacia los países fronterizos de régimen comunista era numeroso. Finalizada la declaración de Schabowski, un periodista italiano preguntó si era cierto que el régimen iba a autorizar la apertura de fronteras. Schabowski saca un papel del bolsillo de su chaqueta y lee una improvisada nota: “Los permisos para realizar viajes al extranjero pueden ser solicitados sin necesidad de presentar justificantes de relación familiar o el motivo del viaje…” “¿Vale esto también para Berlín Oeste?”, preguntan los periodistas. Desconcertado, vacilante e inseguro, se encoge de hombros y responde: “Also, doch, doch”(“También, sí, sí.”) Y sigue leyendo: “Las salidas se pueden realizar desde todos los puestos fronterizos de la República Democrática Alemana”. Una última pregunta: “¿Y cuándo entra en vigor?” Él responde: “Esto será… que yo sepa… ab sofort (“de inmediato”), sin demora”.
No era esto lo que el politbüro había acordado exactamente. Pero ya era igual, este hombre con su improvisación y con su indeterminación había dinamitado el régimen comunista en la RDA. Miles de Berlineses fueron a los pasos fronterizos y el ejército, ante la masiva presencia de gente permitió el paso de éstos de forma pacífica.
A mí me gusta pensar, que esta rueda de prensa cambió una ciudad, cambió un país, cambió un continente, y posiblemente también fue el principio del fin del orden mundial tal y como lo conocíamos hasta entonces. Fue el principio del fin del mundo de los bloques, de los espías, de la guerra fría. Pero también fue el abrazo al mundo del capitalismo más feroz, de un nuevo sistema económico que ahora también se ha venido abajo, provocando una crisis mundial, de la que todavía no nos hemos recuperado. Pero eso es otro tema.
Los libros de historia dirán otra cosa. Dirán que fue Gorbachov y la Perestroika, o la crisis económica y la debilidad del partido comunista. También que pudo influir la decidida actuación del Canciller de la RFA H. Kohl. O los numerosos movimientos de protesta que fueron formándose como grupos de oposición al régimen.
Pero a mí me gusta pensar, que el muro se vino abajo, porque en esa rueda de prensa televisada en directo para todo el mundo, los Berlineses escucharon lo que querían oír. Ahora es igual lo que Schabowski dijo o lo que quería decir, fueron los Berlineses los que tiraron el muro. ¿Qué hubiese pasado si no hubiesen salido a la calle y se hubiesen agolpado frente al muro para comprobar si era cierto lo que se había anunciado? ¿Qué habría pasado si se hubiesen quedado en casa esperando a ver qué sucedía?
Muchas veces, pensamos que tan sólo somos una gota de agua dentro de un gran océano, que nosotros solos no podemos hacer nada, y que una gota de agua ni siquiera se nota dentro de un vaso. Pero muchas gotas de agua, pueden formar una ola tan grande, que es capaz de derribar cualquier muro que encuentre a su paso. Aun quedan en el mundo muchos muros por derribar, por pequeños que parezcan, están bastante cerca de nosotros. Que cuando caigan estos muros, no nos sorprendan en nuestro sofá. Todos podemos hacer más. Todos podemos provocar un cambio.


